Hay momentos en la vida en los que tomar una decisión parece sencillo. Elegimos casi sin pensarlo, confiando en nuestro criterio y avanzando.
Sin embargo, existen otras situaciones en las que decidir se convierte en una fuente de ansiedad. Damos vueltas una y otra vez a las diferentes opciones, analizamos cada posible consecuencia y buscamos señales que nos indiquen cuál es el camino correcto.
Y cuanto más intentamos asegurarnos de que no vamos a equivocarnos, más difícil parece tomar una decisión.
Nos puede ocurrir cuando: cambiamos de trabajo, comenzamos o terminamos una relación, nos mudamos a otra ciudad o a otro país, elegimos unos estudios, aceptamos una oportunidad profesional…O simplemente tomar una decisión que sabemos que tendrá un impacto en nuestra vida.
En muchas ocasiones, la dificultad no está en la decisión en sí, sino en la necesidad de tener la certeza que estamos eligiendo bien.
La búsqueda de una certeza que no existe.
Cuando sentimos ansiedad ante una decisión importante, solemos pensar que necesitamos más información, más tiempo o más análisis. Cuanto más intentamos eliminar la incertidumbre, más atrapados nos sentimos.
Queremos saber que el trabajo será el adecuado, que la relación funcionará, que no nos arrepentiremos dentro de unos años, que no estamos dejando escapar una opción mejor.
Pero la realidad es que la mayoría de las decisiones importantes solo pueden valorarse plenamente cuando ya han sido tomadas. No decidimos con toda la información, decidimos con la información disponible en ese momento y aceptar esto suele ser una de las partes más difíciles.
El miedo a equivocarse
Detrás de muchas dificultades para decidir aparece un temor común: el miedo al error y a las consecuencias emocionales que imaginamos que tendrá. “¿Y si no soy capaz de aceptar haberme equivocado?” las personas más autoexigentes suelen vivir las decisiones como una especie de examen. Como si existiera una respuesta correcta y una incorrecta. Elegir se vuelve una situación de riesgo y si esa decisión sale mal, sienten que han fallado.
La realidad es que no existe una única opción perfecta esperando ser descubierta, existen diferentes caminos, cada uno con ventajas, dificultades y oportunidades de aprendizaje.
Cuando decidir significa renunciar
Elegir una opción significa dejar otras atrás y esto puede generar la sensación de pérdida incluso cuando estamos avanzando hacia algo que deseamos. La mente tiende a idealizar aquello que no elegimos porque nunca llega a experimentar también sus dificultades. Por eso muchas personas permanecen durante meses o años en una especie de pausa emocional, intentando evitar una renuncia que resulta inevitable.
A veces creemos que mantener todas las opciones abiertas nos protege. Sin embargo, en muchas ocasiones solo prolonga la incertidumbre y el desgaste emocional.
La vida incluye incertidumbre y una parte importante del bienestar psicológico no consiste en eliminarla, sino en aprender a convivir con ella. Tomar decisiones implica aceptar que no podremos controlar todos los resultados. Implica confiar en nuestra capacidad para adaptarnos a lo que venga, incluso cuando las cosas no salgan exactamente como esperábamos.
¿Cómo podemos tomar decisiones de una forma más saludable?
No existe una fórmula perfecta para decidir, pero sí algunas preguntas que pueden ayudarnos:
- ¿Estoy buscando información o estoy buscando una certeza imposible?
- ¿Qué me dice mi miedo y qué me dicen mis valores?
- Si esta decisión no saliera como espero, ¿sería capaz de adaptarme?
- ¿Qué elegiría si no estuviera intentando equivocarme?
- ¿Estoy tomando esta decisión desde el miedo o desde aquello que es importante para mí?
Confiar en uno mismo también es decidir
La confianza se construye cuando nos permitirnos decidir aun sin tener todas las respuestas, cuando aceptamos que no podemos preverlo todo y que equivocarnos no nos convierte en un fracaso.
La cuestión no suele ser si existe una decisión perfecta, la cuestión es si estamos dispuestos a seguir adelante aun cuando no podamos saber con total seguridad qué ocurrirá. Y quizá ahí es donde comienza la verdadera confianza.