Cuando exigirse demasiado deja de ayudar

Hay una idea que escucho con frecuencia en consulta: “Si dejo de exigirme, dejaré de esforzarme”

Es una creencia muy extendida. Muchas personas sienten que su capacidad para conseguir objetivos depende precisamente de ser duras consigo mismas. Piensan que, si bajan el nivel de exigencia, perderán motivación o acabarán conformándose.

Sin embargo, con el paso del tiempo suele ocurrir justo lo contrario

La autoexigencia deja de impulsar y empieza a desgastar.

Nunca es suficiente

Hay personas que consiguen aquello que llevaban meses persiguiendo y, apenas unos minutos después, ya están pensando en lo siguiente. No celebran el camino recorrido o no se permiten sentir satisfacción, simplemente elevan el listón.

Desde fuera pueden parecer personas muy resolutivas, responsables o incluso exitosas. Pero por dentro viven con la sensación constante de que todavía les falta algo para sentirse suficientes.

Y esa sensación rara vez desaparece con un logro más.

Cuando el perfeccionismo deja de ayudarte

Muchas personas creen que el perfeccionismo consiste simplemente en querer hacer las cosas bien, pero en realidad, pocas veces tiene que ver con la excelencia.

Detrás del perfeccionismo suele haber miedo a equivocarse, a decepcionar, a ser juzgado o incluso a no ser suficiente.

Porque cuanto mayor es la necesidad de controlar el resultado, mayor suele ser la ansiedad antes de actuar.

Y cuanto mayor es la ansiedad, más difícil resulta rendir, decidir o disfrutar. Es un círculo que se retroalimenta.

El perfeccionismo promete tranquilidad, pero ofrece justo lo contrario

“Cuando consiga hacerlo perfecto, por fin estaré tranquilo”. Sin embargo, nunca llega ese momento. Porque cuando terminan una tarea, ya están revisando lo que podría haberse hecho mejor.

Cuando alcanzan un objetivo, aparece otro más difícil.

Cuando reciben un reconocimiento, sienten que la próxima vez tendrán que estar a la misma altura.

El perfeccionismo no reduce la ansiedad, la alimenta.

Porque siempre deja la sensación de que todavía falta algo.

La confianza no aparece cuando dejamos de equivocarnos.

Aparece cuando descubrimos que podemos seguir adelante incluso después de hacerlo.

Quizá el objetivo no sea dejar de querer hacer las cosas bien. Quizá el objetivo sea dejar de creer que nuestro valor depende de hacerlas perfectas. Porque cuando dejamos de luchar contra cada error, aparece algo mucho más valioso que la perfección: la libertad para aprender, disfrutar y seguir creciendo.

El perfeccionismo no suele aparecer porque queramos hacerlo todo perfecto. Muchas veces aparece porque intentamos evitar algo mucho más incómodo: sentirnos insuficientes, equivocarnos, decepcionar a los demás o enfrentarnos a la incertidumbre.

El perfeccionismo suele tener mala fama. Se habla de él como un defecto del que deberíamos deshacernos, sin embargo pocas veces nos preguntamos para qué está ahí.

Porque, en realidad, el perfeccionismo casi siempre intenta ayudarnos. Intenta protegernos de la crítica, del rechazo, del fracaso, o incluso de la vergüenza.

No es el enemigo, es una estrategia de protección.

El coste invisible del perfeccionismo

A veces el perfeccionismo acaba alejándonos de cosas importantes. Nos hace disfrutar menos, cuando descansamos nos sentimos culpables, dejamos pasar oportunidades, dedicamos más tiempo a controlar que a vivir o elegimos desde el miedo y no desde nuestros valores.

¿Qué tipo de persona quiero ser, incluso cuando aparece ese miedo?

Tal vez nunca llegue el día en que desaparezca del todo el miedo a equivocarnos.

Y quizá tampoco sea necesario.

Porque la confianza no consiste en caminar solo cuando estamos seguros.

Consiste en seguir avanzando aun cuando aparecen las dudas.

El perfeccionismo nos promete que, si controlamos lo suficiente, estaremos a salvo aunque la experiencia suele enseñarnos otra cosa.

Que vivir plenamente no depende de controlar cada paso, sino de estar dispuestos a darlo aunque no podamos conocer el resultado.

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Mª Ángeles Ortega
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